|
Para
relacionarse con los demás la sociedad enseña a cada
individuo unos patrones de percepción y comportamiento y un
sistema de creencias que podemos llamar la personalidad (del original
griego -prosopom-, que significa máscara). Esta máscara
se interpone entre lo que somos -pura conciencia- y el mundo social,
que responde a pactos y conceptos; precisamos un disfraz para manejarnos
en este mundo de formas e intrincadas relaciones. Por desgracia, perdemos
la conciencia de nuestro origen sin forma, identificándonos
con el instrumento que hemos ido creando como necesidad adaptativa
social: consideramos a la personalidad como nuestro yo. Pues bien,
lo transpersonal engloba a toda experiencia o modelo del ser humano
que da un paso más allá (trans) de ese disfraz, abarcando
la consciencia, aquello en lo que somos iguales. Así, la psicología
gana profundidad, incorporando la dimensión espiritual a un
modelo más real y amplio de la naturaleza humana, que permite
manejar experiencias que a la psicología y psiquiatría
convencionales le resultan ajenas, ignorando el potencial de crecimiento
y autorrealización humanas.
Nuestra forma
de vivir es atropellada e inconsciente: los pensamientos corren desbocados,
independientes de nuestra voluntad, el cuerpo es un desconocido que
funciona involuntariamente; ignorantes de sus señales no distinguimos
lo que le perjudica o beneficia. Incapaces de manejar sus reacciones
(malestar, ansiedad, tensión...) no despertamos todo su potencial
de disfrute y percepción ni lo utilizamos con habilidad y flexibilidad.
Las emociones son reprimidas, temidas o se manifiestan como tormentas
arrasadoras; corremos en pos de deseos y estímulos intentando
calmar una ansiedad que no disminuye; los miedos nos atenazan, y huimos
de ellos en vez de traspasarlos... Mas podemos adaptarnos en cada
instante a lo que la vida demanda, sin atascarnos en un personaje
monótono y sufriente, despertando las posibilidades que encierra
nuestra forma humana.
Expresivos
o discretos, osados o prudentes, alegres o tristes, el eje siempre
será el testigo que observa neutral, que elige la forma precisa
para transformar cada situación en una fuente de conocimiento
y aprovecharla al máximo, aprendiendo a no identificarse con
ningún estado de ánimo, sabiendo que la tristeza se
perpetúa al sostenerla con los pensamientos y que la alegría
es una chispa que puede brotar cuando se recuerda que la fuente está
en uno mismo.
|